Un hombre de 93 años escribe el manifiesto de nuestro tiempo.
Por Alberto D. Fraile OliverPrecisamente el título del manifiesto es “¡Indígnese!” Su autor es un testigo (y actor) de lujo del siglo XX, Stéphane Hessel. Un hombre de 93 años, que en el ocaso de su vida quiere pasar el testigo a las nuevas generaciones y nos llama a una insurrección pacífica. Miembro activo de la Resistencia francesa contra el fascismo y participante en la redacción de la Declaración Universal de los Derecho Humanos su mensaje es claro, conciso y muy contundente.
Este texto, que podría considerarse un panfleto, ha vendido 700.000 copias en pocos meses en Francia. Conecta con una corriente de malestar y enfado colectivo por las medidas que están tomando las instituciones políticas y económicas nacionales e internacionales para corregir los desajustes ocasionados por las crisis financiera que nos ha sacudido. Hessel está indignado, y con razón, al observar que los bancos “están más preocupados de sus dividendos y de los altos sueldos de sus líderes que del interés general”. Y avisa de que “los lideres políticos, económicos e intelectuales y la sociedad no tienen que ceder ni permitir la opresión de una dictadura internacional real o de lo mercados financieros que amenazan la paz y la democracia”.
A los jóvenes les señala dos de los grandes desafíos de nuestro tiempo: “la gran brecha que existe entre los más pobres y los más ricos y que no cesa de crecer” y la amenaza a los derechos humanos y el medio ambiente”.
Llama a la indignación colectiva, pero a renglón seguido añade “estoy convencido de que el futuro pertenece a la no-violencia”. Al hablar de las conflictos especialmente indignantes en nuestro tiempo, el autor, hace hincapié en la situación de los palestinos maltratados en la Franja de Gaza y Cisjordania. Tras visitar la zona recientemente describe Gaza como “una cárcel sin techo para un millón y medio de palestinos”. Y hace suya la acusación de un juez surafricano y otro judío que afirmaban que el ejército israelí habían cometido “actos comparables a crímenes de guerra y quizás en determinadas circunstancias, crímenes contra la humanidad”. Entiende que los palestinos tienen motivos más que suficientes para estar exasperados y desesperanzados, que si bien no se puede justificar su uso desesperado de la violencia, si se puede comprender porque “cuando el pueblo está ocupado por fuerzas inmensamente superiores a ellos mismos, la reacción popular no puede ser totalmente pacífica” y acusa a los israelíes de “no extraer lecciones de su propia historia”.
En las escasas páginas del escrito de Hessel también hay sitio para hablar de la crisis sistémica que nos ha golpeado. Y señala que para poder salir de ella debemos romper con el concepto de “crecer”. Su apuesta “es que la ética, justicia y equilibrio duradero (económico y medio ambiental) prevalezcan” sobre el mero crecimiento económico. De lo contario, sostiene Hessel, “pueden poner fin a la aventura humana en el planeta, que puede llegar a ser inhabitable para los humanos”. Con estas líneas sintoniza con las preocupación de los movimientos ecologistas: decrecimiento y sostenibilidad.
Los medios de comunicación tampoco son ajenos a la indignación de Hessel y al final de su escrito llama rotundo a “una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación masivos que ofrecen a la vista de nuestra juventud solo el consumo de masas, el desprecio por la cultura y los más débiles, una amnesia generalizada y la competencia de todos contra todos”.
Y la última frase es un axioma: “Crear es resistir; resistir es crear”.
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